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Génova, 2008

Cuarteto Kopelman: un gran éxito.

Mikhail Kopelman es un violinista extraordinario en muchos sentidos: una larga e intensa carrera, premios de gran prestigio, una técnica refinada y, sobre todo, una sonido bello y emotivo. Su mayor logro no es sólo su gran interpretación, sino también que fuera capaz de reunir a un conjunto musical que es prácticamente perfecto. Gracias a su gran interpretación, el público genovés les recompensó con una gran ovación la tarde del lunes. En el Cuarteto Kopelman, el gran virtuosismo de los cuatro músicos y la personalidad de cada uno se entremezclan. Su unidad y su sensibilidad fueron determinantes y ésto se debe a que han estudiado juntos en el extraordinario Conservatorio de Moscú, donde daban clase los más grandes de la tradición rusa, entre ellos podemos nombrar a Oistrakh y Rostropovich. Lo más importante es que Mikhail Kopelman, Boris Kuschnir, Igor Sulyga y Mikhail Milman son amigos que disfrutan tocando juntos, recreando el sonido de los grandes compositores. Ésto es lo que tienen en común, junto al deseo de hacer que su propia música se conozca por todo el mundo.

Al empezar el concierto con el Cuarteto No. 2 de Borodin, uno de los más genuinos compositores rusos que pudo mostrar el alma de su país, no enseñaron exactamente lo que este cuarteto pretende: que se disfrute al interpretar música rusa. Podemos ver este perfume ligero y oriental, pero reinventado y fresco, muy espontáneo y con la belleza lírica de un bello “notturno”. A la audiencia la música le habla de un país muy lejano que tiene un amor genuino por la música. El sonido de estos cuatro rusos es simple y llanamente maravillosa, tierna y profunda al mismo tiempo, sensible y, a su vez, poderosa.

Tras un largo aplauso pasamos a la siguiente obra, el Cuarteto No. 8 de Shostakovich, un salto de estilismo, en la historia y en la biografía; el extremo opuesto de la trayectoria musical rusa: la Unión Soviética, la política, la ilusión que se convierte en desilusión, política mezclada con estética, el drama del S. XX. En este cuarteto se puede sentir la vaga melancolía de los recuerdos, donde se remarca la modernidad y la desintegración, entremezclándose la molesta ironía del alegretto con un pesimismo sombrío y una melancolía luchadora. La interpretación añade sentimiento tras sentimiento; pudiéndose comparar la profundidad del sonido a un abismo. Las notas musicales se hacen más tensas, aunque al mismo tiempo parecen luchar. La diferencia entre primer y segundo violín desaparece ya que Kuschnir es muy bueno, autónomo e independiente, así como los otros dos.

Más cálidos aplausos y un descanso tras el que volvemos a Rusia. Nuestro viaje concluye con el Cuarteto No. 2 de Tchaikovsky que resulta ser una pieza delicada y llena de vida, voluble en sus continuos cambios de humor. Aparece como un nube, cuya forma la dan el viento y la luz de manera continuada, volviendo hacia la tradición popular, a los pequeños fragmentos de anhelo, al brillo de una habitación dibujada y al romanticismo pasional de un andante. El nivel de ejecución es, obviamente, muy alto.

Tras una impresionante ovación conseguimos un bis: el andante cantabile de Tchaikovsky.

Antonio Lavarello, Mercantile, Génova.